Prerrománico

Prerrománico Asturiano

En Asturias se ha conservado el más completo y homogéneo conjunto de arquitectura altomedieval de todo el Occidente europeo. Fechados a lo largo del siglo IX y primeros años del X, los quince edificios que integran este conjunto no tienen parangón en lo que respecta al grado y calidad de la conservación de su estado originario. En algún caso, como San Salvador de Valdediós, el grado de conservación de las fábricas originarias alcanza hasta los elementos de cubierta. No existe en todo el ámbito europeo occidental un conjunto tan homogéneo, concentrado geográficamente e íntegro que se pueda equiparar al asturiano.

 En su conjunto, las construcciones asturianas participan de casi todos los rasgos que caracterizan la arquitectura europea coetánea de su misma escala: coexistencia de múltiples propuestas tipológicas, cierta compartimentación espacial, con reflejo en el alzado exterior, dimensiones modestas en comparación con la posterior arquitectura monástica y catedralicia románica, aparejos destinados a la ocultación, tendencia a la penumbra interior, decoración de procedencia heterogénea, basada en el repertorio orientalizante de la Antigüedad Tardía... En su mayor parte, estos rasgos se deben a los promotores de esta arquitectura: comunidades monásticas de reducidas dimensiones, regidas por una pluralidad de reglas, pero con un contexto vital mucho más emparentado que el que ha venido desprendiéndose de la contemplación a través de estrechos y fragmentarios anteojos de raíz política. Constituyen el argumento clave para defender la plena europeidad de lo asturiano altomedieval y el papel constitutivo del Reino de Asturias en la construcción de la más temprana Europa, desterrando definitivamente la consideración de  marginalidad respecto a la fuente nuclear ultrapirenaica, que no responde sino al cuño nacionalista de la historiografía europea del XIX y al desconocimiento del español en los ámbitos académicos centroeuropeos de los que manaba dicha historiografía, francesa y alemana fundamentalmente.

 Este grupo de edificios constituye el testimonio histórico más importante sobre las raíces históricas y las tradiciones culturales sobre las que surgió el Reino de Asturias. Demuestran ostensiblemente el apego a la herencia clásica tardorromana que sintieron los rectores políticos y las minorías ilustradas de esta entidad política, con una fuerza comparable a la de otros denominados “renacimientos” europeos coetáneos, sin que sea preciso recurrir a nunca bien probadas dependencias exteriores para explicar su florecimiento. La riqueza, densidad y altura intelectual que se deducen necesariamente del análisis de los componentes técnicos y simbólicos de esta arquitectura, combinados con las facetas correspondientes de la extraordinaria orfebrería conservada, fuerzan a colocar esta producción asturiana del largo siglo IX al mismo nivel que alcanzaron las cortes carolingia o bizantina coetáneas. Precisamente se da la paradoja de que en Asturias hemos conservado los testimonios materiales que reflejan la actuación de estos grupos anónimos, mientras que de las cortes franca y griega conocemos los nombres de los actores, habiendo perdido casi en su totalidad las realidades materiales resultantes de su actuación.

La nómina de edificios que componen esta arquitectura está formada por doce templos y tres construcciones de tipología no cultual. Entre los primeros se cuentan Santullano de Oviedo (791-842), San Miguel de Lillo (844-850), San Pedro de Nora (s. IX), Santa María de Bendones (s. IX), Santa Cristina de Lena (post 848), Santo Adriano de Tuñón (consagrada en 891), San Salvador de Valdediós (consagrada en 893), San Salvador de Priesca (consagrada en 921), Santiago de Gobiendes (probablemente obra de la segunda mitad del s. IX), Santa María de Arbazal (siglos VIII-X), San Andrés de Bedriñana (con probabilidad post 893) y la Cámara Santa de San Salvador de Oviedo (hacia 884-885). Entre los segundos, Santa María de Naranco (dedicación del altar en 848), la denominada Torre Vieja de San Salvador de Oviedo (probablemente coetánea a la Cámara Santa) y la Foncalada de Oviedo (posiblemente erigida en la primera mitad del s. IX). Otros templos asturianos conservan partes mayores o menores de sus fábricas atribuíbles al período fundacional altomedieval. Así, entre otros, Santianes de Pravia (774-783), o el testero de San Tirso de Oviedo (791-842). Completan el legado una amplia relación de piezas arquitectónicas –fragmentos de canceles, ventanitas, celosías, epígrafes fundacionales o litúrgicos, capiteles, ménsulas...- repartidas por los concejos de la Depresión prelitoral asturiana, las rasas costeras y los valles occidentales de la cuenca del Narcea.
   
En 1985, la UNESCO acordó inscribir en la Lista del Patrimonio Mundial tres edificios de esta arquitectura, Santa María de Naranco, San Miguel de Lillo y Santa Cristina de Lena. En 1998, a instancias del Ayuntamiento de Oviedo, admitió ampliar la inscripción a los siguientes tres monumentos: Santullano, la Foncalada y la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo. Son, por ello, seis los monumentos asturianos del siglo IX que gozan de este privilegio.
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